Desde hace años solía salir fuera durante este tiempo de vacaciones. Unos años elegía la playa y otros, la montaña. Lo típico. Este año decidí quedarme y rememorar viejos tiempos en los que veía todas y cada una de las cofradías, cuando el tiempo no lo impedía. Así que me puse manos a la obra, sobre todo con el objetivo de comprobar si algo había cambiado. El Domingo de Ramos, junto con unos amigos, me dirigí al centro de la ciudad y primero visitamos alguna que otra iglesia para ver los pasos in situ. Primer problema, las colas. Había que esperar, en el mejor de los casos, media hora para acceder a los templos. Pero con paciencia lo conseguimos. Ya, a mediodía, nos adentramos en ese mundo cofradiero que solo es entendible en nuestra ciudad. Segundo problema, si no tienes silla, al centro no puedes entrar. Esto te obliga a deambular por las calles, buscar un rincón desde el cual puedas ver pasar seguro que a lo lejos, el paso en cuestión. Tras mucho caminar y sortear gentes que van corriendo de un lado a otro, programa en mano, decidimos que era hora de descansar algo. Pensamos en tomar una copa. Imposible. Todo lleno. Conseguimos, no obstante, ver alguna cofradía, pero a lo lejos, ya que si intentabas verla bien, tenías que colocarte en el lugar elegido una hora antes. Tras varios intentos, y con el cuerpo resentido, bien por el calor, bien por la edad, el resultado fue que era ya de noche y lo que habíamos conseguido es hacer ejercicio. Bueno, otro día será.
